La IA es la prueba de fuego. Un acuerdo fundamental demostraría que la confianza es posible; de lo contrario, la desconfianza se arraigará y la distensión se disolverá.
La visita del presidente chino Xi Jinping a la Casa Blanca no es un mero intercambio protocolario. Es una prueba para determinar si las dos mayores potencias mundiales pueden generar confianza en una época en la que la desconfianza se ha convertido en la norma. La inteligencia artificial (IA) figura en la agenda. Ambas partes perciben riesgos, pero aún no han logrado establecer una cooperación regulatoria significativa.
Si esta cumbre no logra acuerdos viables, la distensión táctica podría derivar en una nueva Guerra Fría. Si los líderes logran materializar su deseo personal de amistad y de una cooperación competitiva y sistémica, podrían forjar un nuevo tipo de asociación entre grandes potencias que, con esfuerzo, perdure más allá de la presidencia de Trump.
Los funcionarios chinos no constituyen un bloque monolítico. En términos sencillos, en las provincias costeras del sur, los funcionarios tienden a ser más pragmáticos y se centran en el crecimiento económico, el comercio y la dinámica cotidiana del desarrollo. En el norte, el nacionalismo puede estar más arraigado en la mentalidad: la competencia con Estados Unidos se percibe como una cuestión de destino.
Esta dualidad es importante. La burocracia china no se limita a seguir ciegamente una ideología única; por el contrario, China es —y debe ser vista como— una nación histórica que lidia con sus propias contradicciones. Quienes observan desde fuera y no comprenden esta complejidad corren el riesgo de interpretarla erróneamente.

