Las empresas estadounidenses ofrecen efectivo y acciones bajo sus propias condiciones, mientras que las economías asiáticas siguen dependiendo de la creación de empleo para distribuir los frutos del crecimiento.
El 18 de octubre, Anthropic —el laboratorio de inteligencia artificial (IA) que prepara una de las salidas a bolsa más grandes de la historia— destinó el 5% de sus acciones a un fondo de beneficio público. Al día siguiente, Elon Musk prometió entregar, el próximo año, una acción de SpaceX a «cada niño en Estados Unidos»: un valor de unos 10.600 millones de dólares para cerca de 73 millones de menores.
Las propuestas difieren en cuanto a quién ostenta la titularidad de las acciones. Las de Anthropic quedarían bajo una entidad propiedad de la propia empresa, destinada a fines de interés público; las de Musk, por una vía que aún no ha explicado, pasarían a estar a nombre de cada niño. ¿Debería el público ser dueño de las empresas que la IA hace ricas?. Silicon Valley ha empezado a responder que sí, bajo sus propias reglas.
Esto ocurrió una semana después de que la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, describiera la IA como un «tsunami de avance lento» que desplaza los ingresos del trabajo hacia el capital, y que podría potenciar, degradar o eliminar el 40% de los empleos a nivel mundial. Georgieva hizo estas declaraciones en Bangkok; precisamente en Asia, donde el crecimiento económico ha dependido durante mucho tiempo de la creación de puestos de trabajo.

