El premio definitivo en el ámbito de la IA no es solo poseer la tecnología, sino tener el poder de dictar normas, definir la ética y ejercer influencia a nivel mundial.
En la sala de exposiciones de un instituto de investigación de inteligencia artificial con sede en Shanghái, un mapa realizado con la técnica de pintura a tinta china cubría toda una pared, captando inmediatamente la atención.
Se trataba de una cartografía de la IA: los fabricantes de chips estaban representados como montañas en islas y los algoritmos como cadenas montañosas escarpadas, mientras que cuestiones como la privacidad, la equidad y la conciencia de las máquinas flotaban en los márgenes, como islas aún no cartografiadas.
Los invitados extranjeros y yo nos acercamos para observar de cerca los trazos del pincel.
«¿Por qué el chip de Huawei está situado justo en el estuario?», preguntó alguien.
«¿Y por qué la ética de la IA está representada como dos picos gemelos?».
Un miembro del personal nos recordó, en más de una ocasión, que se trataba de una obra de arte, no de una declaración oficial de hechos.

