La IA generativa dejó de ser una promesa futurista para convertirse en un negocio que suena, literalmente, como caja registradora.
Durante años, la tecnología móvil tuvo una regla no escrita: si una app quería facturar de verdad, debía ser una red social gigante o un servicio de streaming con catálogo infinito. ChatGPT llegó y rompió el guion.
No porque bailar mejor que nadie ni porque estrene series los viernes, sino porque convirtió el teléfono en una herramienta multiuso que la gente está dispuesta a pagar. El “asistente” pasó a ser “suscripción”, y ahí está el oro.
La cifra que lo cambia todo: 3.000 millones de dólares en 31 meses.
De acuerdo con estimaciones de Appfigures difundidas por TechCrunch, ChatGPT superó los 3.000 millones de dólares de gasto de consumidores en móviles en alrededor de 31 meses.
La velocidad también llama la atención por comparación: TikTok habría necesitado cerca de 58 meses para llegar al mismo hito, y servicios como Disney+ y HBO Max tardaron más.
El secreto no es magia: el gordo cayó en 2025.
El detalle más revelador está en el “cuándo”. El informe apunta a que la mayoría del dinero entró en 2025, con un salto interanual cercano al 408% frente a 2024.
En simple: ChatGPT no solo creció, aceleró. Y lo hizo cuando la IA dejó de ser “algo curioso” para convertirse en una costumbre diaria: redactar, resumir, estudiar, preparar presentaciones, traducir, programar, comparar precios o destrabar ideas en fila del supermercado.
La mina de oro se llama “suscripción” (y tiene escala de precios).
Aquí aparece el motivo central: OpenAI no depende solo del usuario entusiasta; depende del usuario recurrente. La monetización móvil se apalanca en planos de pago que suben por niveles, desde opciones económicas hasta niveles para usuarios intensivos.
OpenAI, por ejemplo, ofrece un plan de entrada más barato llamado ChatGPT Go (disponible en países seleccionados) y planes más completos como Plus y Pro.
Esa segmentación es clave: permite que alguien pague poco “para tener más”, y que quien use ChatGPT como oficina portátil pague mucho “para tenerlo todo”. No es solo pagar por IA: es pagar por tiempo, comodidad y velocidad.
El “pero” de siempre: mantener la IA cuesta caro.
El impresionante crecimiento, pero el negocio no es una fotocopiadora: cada conversación tiene un costo de cómputo. Por eso, el éxito móvil funciona como pulmón financiero… y como presión constante para encontrar más ingresos sin romper la experiencia.
¿Publicidad? Señales, pruebas y el inevitable ruido.
En paralelo, han surgido señales de que OpenAI explora caminos de monetización adicionales.
En las últimas semanas, hubo polémica por recomendaciones dentro de ChatGPT que algunos interpretaron como anuncios; OpenAI indicó que no se trataba de publicidad, sino de una integración/descubrimiento de aplicaciones mal implementadas.
En otras palabras: el mercado huele que la publicidad podría llegar algún día, pero cada intento de “tocar” el chat se vuelve un campo minado para la confianza.
Por qué esto importa: la IA ya no es humo, es hábito.
La lectura final es simple: OpenAI consiguió algo que parecía difícil hace poco tiempo—normalizar pagar por una inteligencia artificial desde el móvil. Y cuando una suscripción se vuelve hábito, el negocio deja de depender de modas y empieza a parecerse a infraestructura cotidiana.

