El mundo merece algo mejor que un monopolio que levanta muros y obstaculiza el desarrollo.
En el discurso global, se nos ha entregado un guion: Estados Unidos y China están inmersos en una «carrera tecnológica». Pero, en realidad, esta denominación es un equívoco. La verdadera competencia exige un terreno de juego equitativo. Cuando un corredor hace tropezar al otro para asegurar la victoria, no es competencia; es hacer trampa.
Por lo tanto, cuando Washington despliega un arsenal de sanciones, controles de exportación y presión diplomática para obstaculizar el ascenso tecnológico de China, no está compitiendo. Es un acto de supresión.
Esto refleja una estrategia deliberada para preservar la supremacía estadounidense en las tecnologías del futuro. Tomemos el 6G como ejemplo.
La intención de Washington es clara: al vincular el desarrollo con cadenas de suministro «confiables» y políticas de alianzas, está trabajando para construir un nuevo régimen global centrado en estándares liderados por EE.UU. y circuitos cerrados, en lugar de un modelo universal de acceso abierto.
La obsesión de EE.UU. por conservar su corona no tiene sus raíces en el fomento de los intereses colectivos de la humanidad, sino en la preservación de un monopolio. Estados Unidos ha utilizado barreras de patentes, prohibiciones de exportación y precios abusivos para erigirse como el guardián de la modernización.
Como resultado, la difusión de la tecnología se canaliza a través de un sistema de compuertas. Este obstáculo sistemático levanta un muro alto, dejando fuera al Sur Global y relegando permanentemente a las naciones en desarrollo al escalafón más bajo de la cadena de valor global.

El impacto en el Sur Global es una realidad cotidiana de exclusión. En ningún lugar resulta esto más visible que en la agricultura.

