En una operación que difumina las fronteras entre Silicon Valley y Washington, D.C. como nunca antes, el gobierno de Estados Unidos ha adquirido una participación de casi el 10% en Intel Corporation.
Esta histórica transacción, valorada en aproximadamente 8.900 millones de dólares, convierte las subvenciones previamente asignadas de CHIPS y la Ley de Ciencia en una posición de propiedad directa, creando de facto un fondo soberano de inversión estadounidense con una de las empresas tecnológicas más emblemáticas del país como su activo principal.
El acuerdo es una apuesta arriesgada, fruto de la confluencia de la ansiedad geopolítica, la vulnerabilidad corporativa y la cruda presión política. Es una decisión que podría asegurar el futuro tecnológico de Estados Unidos o convertirse en una advertencia sobre el fracaso de una política industrial.
Una oferta que Intel no pudo rechazar.
Para comprender cómo sucedió esto, es necesario comprender la inmensa presión que han estado bajo Intel y sus directivos. La compañía, que en su día fue la reina indiscutible del silicio, ha pasado casi una década observando cómo rivales como TSMC y Samsung se adelantaban en la fabricación avanzada.
Este declive culminó en un período de intenso escrutinio público, incluso desde la propia Casa Blanca. El presidente Donald Trump había pedido públicamente la dimisión del director ejecutivo de Intel, Lip-Bu Tan, alegando presuntos conflictos de intereses relacionados con China, lo que creó un ambiente políticamente tenso.
En este contexto, la Ley CHIPS se concibió como un salvavidas: un esfuerzo bipartidista para recuperar la fabricación de semiconductores críticos. Sin embargo, la decisión de la Administración Trump de pasar de subvenciones directas a una participación accionaria cambió las reglas del juego por completo.
Para los directivos de Intel, rechazar el acuerdo probablemente no era una opción viable. Rechazar la oferta del gobierno habría significado perder miles de millones de dólares en financiación esencial y arriesgarse a parecer poco cooperativo con un imperativo de seguridad nacional. Habría sido un suicidio corporativo.
El gobierno aprovechó la precaria posición de Intel y la narrativa de seguridad nacional para lograr un acuerdo que transformó un programa de subsidios en un vehículo de inversión nacional.
Lecciones globales de los fondos soberanos.
El concepto de un gobierno con participación en industrias clave no es nuevo. Los fondos soberanos de inversión (SWF) son comunes a nivel mundial, con distintos grados de éxito. Los modelos a seguir son fondos como el Fondo Global de Pensiones del Gobierno de Noruega, que ha gestionado con maestría la riqueza petrolera del país hasta convertirse en el SWF más grande del mundo, y Temasek Holdings de Singapur, conocido por sus inversiones inteligentes y a largo plazo en empresas globales.
Estos exitosos fondos se caracterizan por una gestión profesional, un mandato claro para maximizar la rentabilidad a largo plazo y una sólida protección que los aísla de la interferencia política a corto plazo.
Sin embargo, la historia de la intervención gubernamental también está plagada de fracasos. Las empresas estatales en muchos países se han visto afectadas por la ineficiencia, la corrupción y el favoritismo político, convirtiéndose en una sangría para los recursos públicos en lugar de una fuente de riqueza nacional. Incluso en EE.UU., las inversiones gubernamentales directas tienen un pasado convulso. El rescate de General Motors en 2008, por ejemplo, implicó que el Tesoro adquiriera una participación significativa para salvar al fabricante de automóviles, pero finalmente resultó en una pérdida estimada de 10.000 millones de dólares para los contribuyentes tras la venta de las acciones.
El riesgo es que los objetivos políticos, como preservar los empleos en un distrito específico o favorecer a ciertos proveedores, puedan prevalecer sobre una estrategia comercial sólida, condenando la inversión al fracaso.
El equilibrio de Intel con un nuevo socio.
Para Intel, navegar con éxito en esta nueva realidad requerirá un delicado equilibrio. La primera prioridad debe ser establecer un marco de gobernanza rígido que defina claramente el papel del gobierno como accionista pasivo sin derecho a voto. Los términos del acuerdo así lo estipulan, pero la presión informal para alinearse con los vientos políticos será inmensa. Intel debe seguir tomando decisiones basándose en la dinámica del mercado, las hojas de ruta tecnológicas y las presiones competitivas, no en el ciclo electoral de cuatro años.
En segundo lugar, la transparencia es primordial. Intel debe comunicar exhaustivamente su estrategia, hitos y desempeño financiero al público y a su nuevo accionista gubernamental. Esto será crucial para generar confianza y demostrar que el capital se está invirtiendo eficazmente para lograr el objetivo común de liderazgo tecnológico.
Finalmente, Intel debe ejecutar. La compañía se encuentra en medio de un monumental plan de reestructuración, con una inversión de más de 100 mil millones de dólares para construir plantas de fabricación avanzada (FAB) en Arizona, Ohio y otros lugares. Esta inyección de capital gubernamental reduce el riesgo de esa colosal iniciativa, pero no garantiza el éxito. Intel debe alcanzar sus objetivos de tecnología de procesos, recuperar clientes importantes de la competencia y convertir sus servicios de fundición en una alternativa viable a TSMC.
Si la recuperación tiene éxito, la participación del 10% del gobierno parecerá una genialidad. Si flaquea, se convertirá en el símbolo de una política industrial fallida.
La Ventaja Estratégica para Estados Unidos Inc.
A pesar de los riesgos, la justificación estratégica de esta decisión es convincente. Los semiconductores son la base de la economía moderna y la seguridad nacional, y alimentan todo, desde iPhones y centros de datos de IA hasta aviones de combate F-35. Durante décadas, Estados Unidos ha visto cómo se erosionaba su liderazgo en la fabricación de esta tecnología crucial, creando una peligrosa dependencia de Asia Oriental, en particular de Taiwán.
Esta inversión es una intervención directa y contundente para revertir esa tendencia. Al adquirir una participación en Intel, el gobierno no es solo un financiador; es un socio comprometido. La asociación directa del gobierno con Intel envía una poderosa señal al mercado global de que Estados Unidos se toma en serio la reconstrucción de su patrimonio industrial.
También incluye una ingeniosa disposición: una orden judicial que permite al gobierno adquirir otra participación del 5% si la propiedad de Intel en su negocio de fundición cae por debajo del 51%. Esta cláusula actúa como una píldora venenosa para evitar una futura venta de los activos de fabricación, garantizando que las fábricas financiadas por los contribuyentes permanezcan bajo control estadounidense.
De tener éxito, este modelo podría replicarse, creando una cartera de activos nacionales estratégicos diseñados para asegurar las cadenas de suministro y la ventaja tecnológica de Estados Unidos durante generaciones.
Conclusión.
La inversión del gobierno estadounidense en Intel marca un hito en la política industrial estadounidense. Representa un cambio con respecto a la ortodoxia del laissez-faire de las últimas décadas y una apuesta audaz, aunque arriesgada, por la capacidad del país para dirigir su destino económico.
Intel se vio acorralada en este acuerdo, pero también le brinda una oportunidad histórica para completar su transformación y recuperar su posición en la cúspide del mundo tecnológico. El éxito o el fracaso de esta empresa dependerá de la ejecución, la disciplina y la capacidad de ambas partes para evitar que la política contamine el pozo de la innovación. Para Estados Unidos, es más que una simple inversión; es una declaración de que, en lo que respecta a las tecnologías fundamentales del siglo XXI, Estados Unidos está decidido a ser dueño de su propia casa.

