Al igual que los medicamentos no pueden salir al mercado sin pruebas exhaustivas, la incertidumbre que rodea el impacto de la IA exige que esta se someta a regulaciones acordadas a nivel mundial.
Parece que no pasa un día sin que surjan titulares alarmistas sobre el impacto de la inteligencia artificial (IA) en los empleos del futuro. La alarma y la confusión están por todas partes: desde los jóvenes que intentan acceder al mercado laboral y los especialistas en IA preocupados de que su función sea usurpada por la propia tecnología, hasta contables y abogados que ven cómo la IA absorbe puestos de trabajo que, hasta hace poco, justificaban elevados honorarios y salarios.
El pánico está justificado, no solo por la incursión cada vez más rápida de la IA en todos los aspectos de nuestra vida personal y laboral, sino también por la desconcertante variedad de implicaciones que conlleva. La IA creará algunos empleos, pero destruirá otros. Transformará ciertos trabajos, a veces convirtiéndolos en tareas rutinarias y otras veces potenciándolos. Generará nueva demanda, pero también la eliminará.
A medida que más consumidores utilicen la IA para realizar tareas en lugar de recurrir a especialistas humanos o intermediarios, esta tecnología podría incluso hacer que muchos roles se vuelvan invisibles para el producto interior bruto (PIB) tal y como lo miden los estadísticos.
A veces, la resistencia a la IA se contrarresta con argumentos que señalan que el cambio tecnológico ha sido un factor disruptivo enorme a lo largo de la historia. Tales argumentos son válidos: la llegada del transporte a motor acabó con nuestra dependencia de los caballos y con el papel fundamental de los herreros. Las lavadoras hicieron que miles de lavanderías cerraran sus puertas, y los ordenadores pusieron fin a muchos empleos relacionados con la impresión en la industria periodística. El avance tecnológico también ha hecho desaparecer los puestos de telefonistas, cobradores de autobús y operadores de ascensores.
Desde mi infancia, millones de empleos que en su día fueron esenciales han desaparecido, en silencio y sin que nadie los lamente. Estaba el lechero que repartía en cada casa antes del amanecer, la visita semanal del carbonero, la furgoneta de comestibles, el camión de refrescos e incluso el camión de los helados. A medida que más familias adquirieron automóviles, los comerciantes del centro y los supermercados nos convencieron para que fuéramos nosotros quienes acudiéramos a ellos a hacer la compra, en lugar de obligarlos a venir a nosotros. La llegada de Internet y los teléfonos inteligentes socavó la función de empleos que iban desde mecanógrafos de oficina y traductores hasta agentes de viajes y vendedores de seguros.
La historia sugiere que, por cada empleo perdido a causa de las nuevas tecnologías, se crearán otros. La productividad ha aumentado, al igual que el nivel de vida. Según el informe *El futuro del empleo 2025* del Foro Económico Mundial, la transformación del mercado laboral dará lugar a la creación de unos 170 millones de empleos para 2030, pero también supondrá el desplazamiento de 92 millones de puestos de trabajo actuales.

