Al igual que ocurrió con su pasividad ante el cambio climático, los líderes mundiales se han dejado adormecer por las promesas de que la IA impulsará la eficiencia y los beneficios.
Calificar la adopción descontrolada de la inteligencia artificial (IA) como una «bendición agridulce» es quedarse muy corto de forma grotesca. Es más preciso definirla como un riesgo mal calculado que refleja la lamentable —y potencialmente trágica— falta de liderazgo responsable en el mundo actual, especialmente en las naciones occidentales.
Por un lado, se nos asegura que la IA aumentará la productividad y el crecimiento económico. Será una bendición especial para los países en desarrollo, como los de Asia, al permitirles saltarse los siglos que a Occidente le costó alcanzar su actual nivel de desarrollo.
Por otro lado, empiezan a surgir pruebas de que la IA se ha «desbocado» en algunos lugares, revelando su capacidad para causar una destrucción generalizada si no se controla. Voces expertas exigen que se establezcan controles sobre el desarrollo de la IA antes de que la propia tecnología tome el control de nosotros.
Los líderes mundiales parecen estar dormidos ante esta cuestión crucial, del mismo modo que parecen no preocuparse lo suficiente por las amenazas que plantean el cambio climático o la guerra con drones. Mientras tanto, para la comunidad financiera, la IA parece interesar sobre todo por su potencial para generar enormes beneficios.
Algunos informes recientes han puesto de relieve la dicotomía de opiniones sobre la gravedad de la amenaza de la IA y el equilibrio entre su potencial para el bien y para el mal. Uno de ellos procede del Banco Mundial, en su Informe sobre el desarrollo mundial.
El Banco Mundial aún conserva cierta influencia en los asuntos internacionales, incluso durante el mandato del presidente estadounidense Donald Trump. Posiblemente en un intento por no enfadar a Trump —quien posee importantes intereses creados en la IA, la tecnología y los activos de criptomonedas— y por aplacar a los magnates financieros de Wall Street y otros lugares, el Banco Mundial adopta una postura cautelosa respecto a las supuestas virtudes y defectos de la revolución de la IA.

