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Robot del fabricante de teléfonos Honor.

Los fabricantes de teléfonos inteligentes ven en la robótica su segunda curva de crecimiento

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  • Categoría de la entrada:China
  • Última modificación de la entrada:abril 28, 2026

En el interior de una planta de producción de la empresa tecnológica Xiaomi, su robot humanoide Cyber-One está aprendiendo a trabajar. Otro robot humanoide, construido por el fabricante de teléfonos inteligentes Honor, se prepara para correr una media maratón en Beijing.

Dos escenas, separadas por kilómetros de distancia, pero conectadas por una misma pregunta: ¿Por qué los fabricantes chinos de teléfonos inteligentes se están movilizando con tanta rapidez para desarrollar robots humanoides?.

Ese contraste no es accidental; revela dos estrategias distintas y un cambio mucho más profundo en toda la industria.

A primera vista, esta oleada de robots humanoides parece una extensión natural del auge mediático en torno a la inteligencia artificial (IA). Sin embargo, la lógica subyacente es de carácter financiero y estructural. El negocio de los teléfonos inteligentes —que en su día fue un motor de crecimiento fiable— está entrando en una fase de madurez.

Los márgenes de beneficio se están estrechando. Los costes de los componentes van en aumento. Y el margen para la innovación disruptiva en los dispositivos móviles es cada vez más reducido. En este contexto, todos los actores principales del sector buscan ahora una segunda curva de crecimiento.

Para Honor, esa curva reside en la robótica de consumo. Sus robots se están posicionando para escenarios como la compañía personal, la asistencia en el comercio minorista y la interacción en el hogar. Su estrategia se basa en la iteración rápida, la reducción de las barreras de entrada y la obtención temprana de retroalimentación del mercado. La participación en una media maratón encaja a la perfección en este plan de acción: aporta visibilidad, validación y constituye una señal de que el producto avanza hacia su aplicación en el mundo real.

En el caso de Xiaomi, la apuesta es de carácter más industrial. Sus robots humanoides se están introduciendo en las fábricas, un entorno donde el nivel de exigencia es más elevado, pero donde la rentabilidad resulta más evidente. La automatización de los procesos de manufactura ofrece retornos medibles, aunque solo si su fiabilidad roza la perfección. De ahí que Xiaomi se obsesione con detalles como la destreza de las manos robóticas o la tasa de éxito en la ejecución de cada tarea.

Dos caminos. Una misma industria. Y no están solos en este empeño.

Huawei está desarrollando una plataforma de IA encarnada —es decir, integrada en un cuerpo físico— que combina múltiples modelos para impulsar el desarrollo robótico; de hecho, ya está realizando pruebas con robots en entornos del sector de servicios financieros. Por su parte, Vivo también ha creado un laboratorio de robótica especializado, centrado en aplicaciones para el entorno doméstico.

Los fabricantes de teléfonos inteligentes ya poseen gran parte de las capacidades fundamentales que se requieren para ello. Comprenden a la perfección cómo integrar *hardware* a gran escala.

Gestionan complejas cadenas de suministro a nivel global. Diseñan chips, optimizan el consumo energético e implementan soluciones de IA directamente en los dispositivos. En muchos sentidos, un robot humanoide no es más que el siguiente «factor de forma» —o diseño físico— de un dispositivo tecnológico; uno que incorpora, además, las capacidades de movilidad e interacción física.

Asimismo, en este escenario interviene una lógica más amplia, propia del ecosistema tecnológico en su conjunto. Durante años, la industria ha hablado de conectar al «ser humano, el automóvil y el hogar», con el teléfono inteligente actuando como eje central. Pero ese modelo está empezando a evolucionar. En recientes exposiciones tecnológicas, he notado un cambio sutil pero importante: el «ser humano» de esa ecuación ya no es quien realiza todo el trabajo.

Ese papel está comenzando a trasladarse a los robots.

En lugar de que una persona controle activamente los dispositivos, los robots pueden actuar como intermediarios. Pueden desplazarse por el espacio, interactuar con los electrodomésticos, coordinarse con los vehículos y ejecutar tareas. El usuario deja de ser tanto un operador para convertirse más bien en un receptor de servicios.

Para empresas como Xiaomi y Huawei —que ya abarcan tanto los hogares inteligentes como los vehículos eléctricos—, los robots completan el panorama. Transforman un sistema conectado en un sistema activo.

Por supuesto, el camino que queda por recorrer dista mucho de ser sencillo. Los costes siguen siendo elevados. La mayoría de los robots se encuentran aún en fase de pruebas. Las aplicaciones en el mundo real —especialmente en el ámbito doméstico— todavía se están definiendo.

Pero el ritmo de avance es difícil de ignorar. La carrera que se está desarrollando en toda la industria no ha hecho más que empezar.