China podría convertirse en un actor protagonista en el nuevo campo de batalla tecnológico, pero Estados Unidos mantiene una ventaja sustancial en herramientas esenciales, como los cohetes reutilizables.
En 1957, la Unión Soviética dio el pistoletazo de salida a la carrera espacial de la Guerra Fría, conmocionando al mundo al poner en órbita el Sputnik, el primer satélite artificial de la historia.
Cuatro años más tarde, hizo lo mismo con el cosmonauta Yuri Gagarin, convirtiéndolo en el primer ser humano en el espacio. En 1969, Estados Unidos ofreció otra imagen que definió la época: Neil Armstrong saliendo del módulo lunar *Eagle* y plantando la bandera estadounidense en la Luna, declarando aquello como «un pequeño paso para el hombre, un salto gigante para la humanidad».
Para las dos superpotencias, la carrera espacial fue una contienda ideológica medida en hitos pioneros; cada logro marcaba un hito en términos de destreza tecnológica, orgullo nacional y un compromiso renovado por ir más allá de los confines de la Tierra.
Medio siglo después, una nueva carrera espacial está tomando forma, con China emergiendo como uno de los actores principales.
Sin embargo, esta competición va más allá de los logros simbólicos. Los países buscan alcanzar los avances tecnológicos necesarios para ocupar, operar y utilizar el espacio, creando una nueva capa de infraestructura digital mediante satélites, redes, sensores y sistemas informáticos.
SpaceX, el gigante tecnológico estadounidense que se prepara para lo que se perfila como la mayor oferta pública inicial del mundo —posiblemente tan pronto como el próximo mes—, se ha convertido en un actor clave en esta contienda al presentar planes para la creación de centros de datos orbitales; una tecnología experimental que, no obstante, ya está generando repercusiones en las cadenas de suministro globales al impulsar la demanda de metales base, chips, satélites y cohetes.
China, que está impulsando su propio sector espacial comercial, compite a contrarreloj para no quedarse atrás. Expertos del sector y analistas radicados en el país han señalado que el espacio constituye el nuevo campo de batalla de la competencia tecnológica, y que Beijing no puede permitirse una ausencia estratégica en este ámbito.

