Si Beijing y Washington pudieron reunirse en 1972 para gestionar una amenaza compartida, los líderes actuales pueden cooperar para definir las reglas de la IA.
El mes pasado viajé a Zúrich, Suiza, para asistir a la Serie de Líderes de Asia, un foro diseñado para fomentar el intercambio franco entre Europa y Asia, ofreciendo a legisladores, economistas y líderes empresariales un entorno de confianza para abordar seriamente los desafíos globales.
El evento tuvo lugar en vísperas de la reunión del Foro Económico Mundial. Se me pidió que moderara una sesión sobre un tema nada novedoso: la rivalidad entre EE.UU. y China. Abordé el evento con expectativas modestas. La competencia estratégica entre Washington y Beijing ha dominado los foros durante años. Numerosos paneles han examinado guerras comerciales, controles de exportación y tensiones militares. A menudo da la sensación de que los argumentos se reciclan. Me pregunté qué más se podría decir. Sin embargo, el debate resultó inesperadamente revelador.
Un exdiplomático de alto rango cuestionó la ansiedad que suele enmarcar estos debates. El mundo actual, argumentó, puede parecer caótico, pero la historia sugiere lo contrario. Los períodos de tensión en el orden internacional no son aberraciones; son más cercanos a la norma. Las alianzas se ven sometidas a presión. Las rivalidades se intensifican. El sistema se ajusta.
Recordó a los presentes el año 1972. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y China encontraron la manera de abrir el diálogo a pesar de sus diferencias ideológicas. Lo que hizo posible ese avance no fue la confianza ni los valores compartidos, sino una preocupación estratégica compartida: la Unión Soviética
Esa observación suscitó una pregunta más amplia: si un adversario común logró en su día alinear a Washington y Beijing, ¿qué podría desempeñar un papel comparable hoy en día?.

