Si las dos superpotencias de la IA no logran establecer normas de manera conjunta, debería crearse un organismo global integrado por expertos de reconocido prestigio.
Cuando el líder chino Mao Zedong y el entonces presidente estadounidense Richard Nixon pusieron fin a más de dos décadas de hostilidad a principios de la década de 1970 y comenzaron a restablecer sus relaciones, un factor determinante que los acercó fue la existencia de un adversario común: la Unión Soviética.
Trasladémonos al presente. Estados Unidos y China, las dos mayores economías del mundo, llevan ocho años inmersos en una dinámica de competencia y confrontación —que abarca desde el comercio y la inversión hasta la tecnología—, en medio de un temor creciente a que se dirijan hacia un conflicto inevitable.
En lugar de considerarse mutuamente como su principal adversario, China y Estados Unidos deben unir fuerzas una vez más frente a otro adversario común y poderoso: el auge de la inteligencia artificial (IA). Más concretamente, se trata de hacer frente tanto a la explotación maliciosa de la IA por parte de actores nocivos a corto plazo, como a la amenaza a largo plazo de que los sistemas de IA autónomos escapen al control humano y causen estragos.

